Monclova necesita un proyecto de ciudad, no una colección de ocurrencias administrativas
Una ciudad no crece al ritmo de los periodos electorales.
Las calles, los sistemas de drenaje, las avenidas, los parques, los árboles, los espacios públicos y las rutas de transporte permanecen durante décadas. Una administración municipal puede durar tres años, pero una obra mal planeada puede estorbar durante veinte. Una decisión acertada, en cambio, puede beneficiar a varias generaciones.
Por eso una ciudad necesita algo que vaya mucho más allá del programa de gobierno del alcalde en turno: un proyecto de ciudad.
Ese proyecto debería establecer hacia dónde crecerá Monclova, cómo se moverá la población, qué avenidas deberán ampliarse, dónde se necesitan nuevos espacios públicos, cómo se protegerán las áreas verdes, qué infraestructura debe renovarse, qué zonas deben densificarse y cuáles deben conservarse.
Y, sobre todo, debería establecer qué cosas no deben cambiar simplemente porque cambió la administración municipal.
Gobernar no debería significar borrar lo anterior

Uno de los problemas de muchas ciudades mexicanas es que cada administración parece tener la obligación de dejar su propia marca.
Se construye una plaza, se modifica una avenida, se cambia un camellón, se instala un monumento, se retira lo que hizo la administración anterior y se presenta como novedad algo que quizá ya existía.
Después llega otra administración y vuelve a modificarlo.
El resultado no necesariamente es una ciudad mejor. Puede ser simplemente una ciudad que ha gastado varias veces en modificar las mismas cosas.
La OCDE ha señalado precisamente este problema en México: los municipios tienen responsabilidades de largo plazo, pero sus gobiernos tienen periodos relativamente cortos. Esa diferencia dificulta la continuidad de proyectos de desarrollo urbano que necesitan muchos años para planearse, ejecutarse y madurar.
UN-Habitat, por su parte, plantea que la planificación urbana debe ser integral y conectar decisiones sobre territorio, infraestructura, movilidad, vivienda, medio ambiente y servicios. También señala una idea particularmente importante: la continuidad genera credibilidad.
Es decir, una ciudad seria no debería depender de quién ganó la elección.
El árbol que se corta para volver a sembrarlo

Hay una imagen que resume perfectamente el problema.
Un gobierno planta árboles.
Llega otro y decide cambiar el diseño del espacio público.
Se cortan algunos árboles porque estorban al nuevo proyecto.
Después se vuelven a plantar árboles.
Y unos años más tarde otra administración vuelve a modificar el lugar.
Cada intervención puede presentarse como una mejora. Pero vistas en conjunto, pueden revelar algo mucho más preocupante: la ausencia de una visión urbana permanente.
Un árbol no debería considerarse parte de la decoración de una administración. Es infraestructura ambiental de la ciudad.
Lo mismo ocurre con una avenida, una plaza o un parque.
Si un proyecto está bien hecho, debe poder sobrevivir políticamente a quien lo construyó.
El Par Vial: una discusión que Monclova nunca terminó de cerrar
El caso del Par Vial de los bulevares Francisco I. Madero y Juárez es uno de los ejemplos más evidentes de una obra que trascendió la administración que la impulsó.
Desde su origen fue polémica.
En 2015 hubo cuestionamientos públicos sobre su costo, licitación, transparencia y necesidad. Incluso se organizaron protestas para detener temporalmente los trabajos. Entre las críticas estaba la consideración de que los recursos podrían haberse destinado a otras necesidades de infraestructura, como el drenaje pluvial.
La presentación del proyecto ante integrantes del Cabildo también terminó en una discusión, y se cuestionaron aspectos de la obra, incluida la ciclovía y sus accesos para personas con discapacidad.
Pero también sería injusto contar solamente una parte de la historia.
Cuando el Par Vial comenzó a operar, la propia administración municipal defendió sus beneficios y aseguró que mejoraba los recorridos de quienes se desplazaban hacia el oriente y hacia la zona industrial. También señaló que el proyecto estaba respaldado por estudios de movilidad.
El problema es que una obra pública no debería necesitar que una administración nos convenza de que funciona.
Debería poder demostrarse que funciona.
Y si después de algunos años existen problemas de circulación, deben medirse nuevamente.
Ahí está una de las grandes diferencias entre gobernar con una visión técnica y gobernar con una visión política.
La primera pregunta es:
¿Funciona?
La segunda:
¿Qué podemos corregir?
La tercera:
¿Qué dice la evidencia?
La última pregunta debería ser:
¿Quién lo construyó?
Y no al revés.
¿Y si se revisara nuevamente el Madero?
El bulevar Madero es precisamente uno de los lugares donde sería razonable hacer una evaluación independiente.
No necesariamente para concluir que el Par Vial debe desaparecer, pero tampoco para asumir que debe permanecer exactamente como está porque ya se gastó dinero en él.
Hay ciudadanos que consideran que el antiguo esquema de circulación podría funcionar mejor. Esta postura no es nueva: en 2018, un Diputado Local propuso regresar la circulación del Par Vial a su esquema anterior y afirmó que sus propias encuestas mostraban una amplia inconformidad con el proyecto.
Actualmente, además, pueden observarse situaciones que justifican al menos una revisión técnica: tramos donde varios carriles terminan concentrando el flujo en una sola fila, carriles que son cerrados y zonas donde el carril derecho queda demasiado próximo a los vehículos estacionados.
No se trata de afirmar que regresar al esquema anterior resolvería automáticamente todos los problemas.
Se trata de algo mucho más sencillo:
medir.
Contar vehículos.
Medir velocidades.
Analizar tiempos de recorrido.
Revisar accidentes.
Observar maniobras de incorporación y vuelta.
Estudiar estacionamiento.
Y comparar los resultados con el esquema anterior.
Si el Par Vial funciona mejor, debe mantenerse.
Si funciona peor en determinados puntos, debe modificarse.
Si solamente algunos elementos resultaron innecesarios, deben corregirse.
Eso es planificación urbana.
No es un fracaso reconocer que una obra necesita cambios. El verdadero fracaso sería conservar un problema únicamente porque alguien alguna vez decidió construirlo.
Cuando la obra se convierte en monumento a la administración
Otro problema aparece cuando una obra deja de evaluarse por su utilidad y empieza a evaluarse por su valor político.
Una avenida remodelada puede convertirse en el símbolo de una administración.
Un monumento puede convertirse en el símbolo de otra.
Una plaza puede convertirse en el proyecto insignia de alguien más.
Y entonces la ciudad empieza a acumular estandartes políticos en lugar de soluciones permanentes.
El monumento a Francisco I. Madero, construido como parte del proyecto del Par Vial, generó críticas desde su construcción. La estructura fue objeto de numerosas burlas en redes sociales y posteriormente el alcalde salió públicamente en defensa del proyecto, cuyo costo rondó los tres millones de pesos.
El problema no es que una ciudad tenga monumentos.
Monclova tiene una historia que merece ser representada.
El problema aparece cuando el dinero y la atención destinados a construir algo nuevo no están acompañados por una estrategia permanente para conservar lo que ya existe.
En 2024, por ejemplo, El Tiempo de Monclova documentó deterioro y falta de mantenimiento en algunos de los monumentos históricos de la ciudad protegidos por el INAH.
Ahí aparece una contradicción difícil de ignorar:
¿De qué sirve inaugurar una obra nueva si no somos capaces de conservar las que ya tenemos?
Una ciudad también se construye manteniendo
Existe una obsesión bastante mexicana con inaugurar.
Cinta.
Fotografía.
Discurso.
Placa.
Aplausos.
Y después, silencio.
Pero el verdadero costo de una obra pública no termina cuando se corta el listón.
Empieza entonces.
Una avenida necesita mantenimiento.
Un parque necesita jardinería.
Una ciclovía necesita conservación.
Un monumento necesita limpieza y restauración.
Un sistema de iluminación necesita reparación.
Un árbol necesita agua y cuidado.
Un espacio público necesita vigilancia y limpieza.
Por eso cada proyecto debería aprobarse junto con su costo de mantenimiento durante toda su vida útil.
No solamente cuánto cuesta construirlo.
También cuánto costará mantenerlo durante 5, 10, 20 o 30 años.
Una ciudad que solamente tiene presupuesto para inaugurar cosas nuevas pero no para mantener las existentes está administrando fotografías, no infraestructura.
Monclova necesita una visión que sobreviva a los alcaldes
El desarrollo urbano debería construirse sobre documentos y acuerdos que trasciendan los periodos municipales.
Un verdadero proyecto de ciudad debería definir, por ejemplo:
hacia dónde crecerá Monclova;
cuáles serán sus principales corredores de movilidad;
dónde se necesitan nuevas vialidades;
cuáles deben conservarse y cuáles deben modificarse;
qué zonas necesitan transporte público;
dónde deben crecer las áreas verdes;
qué espacios públicos requieren rehabilitación;
qué infraestructura histórica debe conservarse;
qué obras tienen prioridad;
cuánto costará mantener cada proyecto;
y qué indicadores permitirán determinar si una obra realmente funcionó.
Además, ese plan debería ser público.
No solamente para que los ciudadanos sepan qué quiere hacer un gobierno, sino para que puedan exigirle al siguiente que continúe lo que funciona y corrija lo que no funciona.
La OCDE señala precisamente que los planes maestros urbanos suelen tener horizontes de 15 a 20 años y buscan atravesar distintos ciclos electorales. Para lograrlo, necesitan participación amplia y acuerdos que den respaldo a las inversiones de largo plazo.
Incluso en México, la propia OCDE ha recomendado fortalecer la rendición de cuentas y asegurar la continuidad de los planes territoriales y urbanos, incluyendo mecanismos técnicos que ayuden a mantenerlos más allá de los cambios políticos.
Eso debería ser perfectamente posible en Monclova.
No se trata de defender las obras de un partido
Una política urbana seria debería funcionar así:
Si una obra fue construida por el PAN y funciona, se conserva.
Si fue construida por el PRI y funciona, se conserva.
Si fue construida por Morena y funciona, se conserva.
Si fue construida por cualquier otro gobierno y funciona, también.
Y si una obra no funciona, se corrige independientemente de quién haya puesto su nombre en la placa.
Porque las banquetas no votan.
Los árboles no tienen partido.
Los automovilistas no deberían necesitar recordar qué alcalde construyó una avenida para poder utilizarla.
Y el drenaje no debería esperar a que llegue una administración del color correcto.
El verdadero proyecto de ciudad
Monclova no necesita que cada gobierno invente nuevamente la ciudad.
Necesita que cada gobierno reciba un proyecto construido con información, estudios, participación ciudadana y criterios técnicos.
Después podrá agregar sus propias propuestas.
Podrá mejorar lo que encuentre.
Podrá corregir errores.
Podrá construir nuevas obras.
Pero no debería empezar desde cero.
Una ciudad madura no es aquella que cambia constantemente para demostrar que algo está sucediendo.
Es aquella que tiene un rumbo y lo mantiene.
Donde una administración termina y la siguiente continúa.
Donde una obra se evalúa por su utilidad y no por el apellido político de quien la inauguró.
Donde primero se mantiene lo que ya existe y después se decide qué hace falta construir.
Donde los árboles que están sanos no se cortan simplemente porque cambió el diseño.
Donde antes de gastar millones en una nueva obra alguien pregunta cuánto costará mantenerla durante los próximos veinte años.
Y donde una avenida no se conserva por orgullo político si los datos demuestran que necesita cambiar.
Monclova necesita dejar de pensar en administraciones y empezar a pensar en generaciones.
Porque un alcalde gobierna tres años.
Pero la ciudad se queda.
