Hay algo paradójico en el Río Monclova. Una obra que buscaba recuperar este espacio público terminó, con el paso de los años, dependiendo de algo que quizá nunca estuvo completamente resuelto: su mantenimiento y la disponibilidad de agua.
La rehabilitación de este tramo comenzó alrededor de 2019, durante la administración de Alfredo Paredes López. Se construyeron gaviones y pequeñas represas para formar espejos de agua, además de andadores, banquetas, taludes y áreas verdes. La inversión llegó a rondar los 14 millones de pesos. La intención era recuperar el río y convertirlo en un espacio recreativo cercano al Parque Xochipilli.
En sus primeros meses y años sí hubo gente utilizando el lugar. Familias, personas haciendo ejercicio y visitantes comenzaron a darle vida a un espacio que durante mucho tiempo había estado prácticamente abandonado. Pero con el tiempo, y especialmente después de la pandemia, la cantidad de visitantes disminuyó.
Después llegó otro problema: el agua.
Durante algunos años, el cauce fue mantenido con agua proveniente de un pozo municipal. Sin embargo, al llegar la administración de Mario Alberto Dávila Delgado, el entonces alcalde ordenó suspender el flujo de agua hacia el río. La decisión se justificó en una razón difícil de cuestionar en una ciudad con problemas de abastecimiento: no tenía sentido utilizar grandes cantidades de agua para mantener artificialmente un río mientras existían necesidades de agua para la población. A partir de entonces, varios de los espejos comenzaron a quedar secos y la obra empezó a mostrar con mayor claridad el problema que había detrás: no existía un flujo natural permanente que garantizara su funcionamiento.
Hoy el panorama resulta extraño. Hay basura, concreto deteriorado y estructuras que poco a poco comienzan a quebrarse, pero al mismo tiempo hay algo que no estaba contemplado en ninguna inauguración: la naturaleza está ocupando nuevamente el espacio.
Los carrizos y otras plantas acuáticas dominan grandes partes de algunos espejos de agua. Hay aves, tortugas y se han documentado peces en el cauce. Incluso en años recientes se han observado nuevos brotes naturales de agua en algunos puntos del río.
Y quizá aquí está una de las lecciones más interesantes.
No necesariamente fue un error construir estructuras para controlar el agua. Los gaviones y pequeñas represas pueden ayudar a disminuir la velocidad del flujo durante las lluvias y generar zonas donde el agua permanezca temporalmente. El problema aparece cuando una obra de este tipo se concibe como una construcción terminada y no como un ecosistema que requiere seguimiento y mantenimiento permanente.
También deberíamos cuestionarnos la obsesión por llenar los ríos urbanos de concreto. La experiencia internacional muestra que los cauces excesivamente canalizados pierden buena parte de sus funciones ecológicas, mientras que las riberas con vegetación pueden proporcionar refugio para fauna, reducir la erosión y mejorar las condiciones del agua.
Por eso, quizá el Río Monclova no necesita otra gran obra. Necesita mantenimiento y un plan.
Limpiar la basura sí. Reparar el concreto deteriorado también. Pero no necesariamente arrancar toda la vegetación que ha aparecido. Habría que determinar qué plantas deben conservarse, cuáles están creciendo en exceso y dónde es necesario mantener libre el cauce para permitir el paso del agua.
También sería interesante saber exactamente qué especies están viviendo ahí. ¿Qué peces tenemos? ¿Qué tortugas? ¿Qué aves? ¿Cuáles plantas son nativas? ¿Qué ocurre con la calidad del agua? Un pequeño programa de monitoreo realizado por universidades, estudiantes y ciudadanos podría convertir al río en un verdadero laboratorio natural de Monclova.
La pregunta de fondo es si esta obra fue realmente necesaria. Habrá quienes siempre hayan pensado que no tenía sentido invertir en un espacio ubicado junto al Parque Xochipilli. Otros disfrutaron de él cuando estaba en mejores condiciones. Pero quizá la discusión más importante ya no sea cuánto costó ni quién la hizo.
La verdadera pregunta es qué vamos a hacer con lo que ya tenemos.
Monclova tiene demasiados espacios públicos que alguna vez fueron nuevos y hoy lucen abandonados: plazas sin pasto, áreas deterioradas, jardines sin mantenimiento y lugares donde ni siquiera existe un bote de basura. El problema no siempre es la falta de obras; muchas veces es la falta de continuidad.
Una ciudad no se construye únicamente inaugurando cosas. También se construye manteniéndolas.
Y el Río Monclova podría ser una buena oportunidad para cambiar esa lógica. En lugar de pensar solamente en otra remodelación, podríamos comenzar por conservar lo que todavía funciona, limpiar lo que está contaminado, reparar lo que se está deteriorando y permitir que la naturaleza haga parte del trabajo.
Porque quizá lo más valioso de este río abandonado sea precisamente eso: a pesar de nosotros, todavía está vivo.
Y como ciudadanos, quizá nuestra responsabilidad no sea pedir otra inauguración, sino preguntarnos qué podemos hacer para que siga así dentro de diez, veinte o treinta años.